Prosario

Fascismo o perversión

Posted in Presente by Pedro Castro Ortega on 30 Junio 2009

Dicen 4 ó 5 personas de entre las bastantes (muchas) que me conocen que soy un fascista. O, al menos, que lo era. No sé si para ellas ahora lo seguiré siendo (seguramente). Miro por ahí y leo que la base intelectual del fascismo plantea una sumisión de la razón a la voluntad y la acción, que se identifica fuertemente con componentes victimistas, que tiene un componente social interclasista y una negación a ubicarse en el espectro político (izquierdas o derechas). Pero no creo que sea por esto por lo que estas 4 ó 5 personas me llaman (o llamaban) fascista (yo creo que, paradójicamente, esta definición se acopla bastante bien a estas 4 ó 5 personas). O puede que sí, quién sabe.

Pero también leo que el fascismo es una ideología política fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo (por ello se exalta la idea de nación frente a la de individuo o clase), que suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único, que propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta en la que sus representantes están unificados por el gobierno central, y que este designaba para representar a la sociedad. Además, y sigo leyendo, el fascismo se caracteriza por su método de análisis o estrategia de difusión de juzgar sistemáticamente a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. Aprovecha demagógicamente los sentimientos de miedo y frustración colectiva para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda, y los desplaza contra un enemigo común (real o imaginario, interior o exterior), que actúa de chivo expiatorio frente al que volcar toda la agresividad de manera irreflexiva, logrando la unidad y adhesión (voluntaria o por la fuerza) de la población. La desinformación, la manipulación del sistema educativo y un gran número de mecanismos de encuadramiento social, vician y desvirtúan la voluntad general hasta desarrollar materialmente una oclocracia que se constituye en una fuente esencial del carisma de liderazgo y en consecuencia, en una fuente principal de la legitimidad del caudillo. ¡Ufff! Espero que no sea por esto último por lo que digan aquellas 4 ó 5 personas que soy un fascista. Aunque a lo mejor es posible que sí, que realmente me vean como algo así.

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Sin embargo, lo que de verdad creo es que las mencionadas 4 ó 5 personas simplemente me llaman (o llamaban) fascista porque están (o estaban) convencidas de que soy (o era) excesivamente autoritario, que tiendo (o tendía) a actuar con autoritarismo. ¡Vaya por Dios! Y yo que pienso y siento exactamente lo contrario, que a veces he dialogado demasiado y no he llevado a la práctica la cuota de poder que mi cargo también me exigía. No sé, pero todo esto me ofuscaba en su momento. De hecho, me sigue ofuscando.
No me importan absolutamente nada los calificativos que ciertas personas utilicen para definirme. La vida a veces nos depara situaciones difíciles y comprometidas. Ni que decir tiene que nada más lejos de mi persona y de mi forma de ser que compararme con todo lo expresado en los  párrafos anteriores. Pero quiero desde aquí hacer saber a todas las personas que me conocen que vivir durante un largo período de mi vida con esta carga que contra mí se sucedió de manera pertinaz y obstinada no fue fácil. Y no, no es victimismo. Yo me he decidido, siempre que pueda y así lo espero, por el silencio. Gracias a Dios mi retirada ha servido para aliviarme de este peso que tanto mal me ha hecho. Pero a veces me siento triste, siento verdadera pena al pensar que sola y precisamante el silencio, el olvido, la lejanía de las trincheras, las retiradas y por qué no, la derrota, son la única salida saludable y vital.
Sin embargo soy optimista y seguiré trabajando (olvidémonos de este curso y también de los 2  ó 3 anteriores a este) con ilusión y optimismo, pensando en mejorar y ayudar a los que me rodean. Sobre todo a mis alumnos y alumnas que tanto echo de menos después de esta larga baja médica. Espero que pronto llegue septiembre.

- La imagen se tomó prestada de ELPAÍS.COM -

Cartas a Meredith (5)

Posted in Cartas a Meredith by Pedro Castro Ortega on 10 Junio 2009

Meredith:

Cada vez que pienso en ti siento como si volvieran a sangrar las cicatrices de mi brazo y de mi muslo. No debería haberte hablado así. Te dije cosas que no merecías que te dijera. Siempre lo llevaré como un gran peso dentro de mi corazón. ¿Por qué me dejé llevar por la histeria? ¿Por qué los nervios pudieron conmigo? Mirándolo bien, evocando aquel momento, creo entender tu reacción y creo hasta merecer estas señales que me acompañarán toda mi vida. Pero hay otra cosa que quiero, ahora, decirte: ¿por qué tanto odio? ¿por qué? Cuando no amas solo sabes odiar. Para ti no existe la indiferencia. A veces pienso que nuestra separación fue una suerte, al menos para mí. Y seguro que también para ti. Antes de tu trágico final no había más que verte con él. Eras el paradigma de la felicidad. Lo confieso: para mí tampoco había indiferencia, yo mientras tanto sufría y me dolía hasta el alma. ¿Celos? Sí, puede. Pero los sentimientos son obstinados y lo que yo siento por ti lo llevaré siempre encima. Por otra parte, en muchas ocasiones, como aquella funesta noche, también yo te odiaba. No, no era desprecio, era odio. Y sin embargo, de todos modos, la distancia de los dos últimos años era insoportable. Paradojas de la vida.

Pero no sé por qué te cuento todo esto. Seguro que tú ya lo sabías. Porque nada puede escapar a ti, nada.

Te sigo esperando.

Del verso al párrafo

Posted in Futuro by Pedro Castro Ortega on 19 Mayo 2009

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Estoy cansado de lanzar probabilidades al viento. De vivir concretando pasados seguramente improbables, porque ni siquiera yo los recuerdo. Estoy cansado de revolver entre aquello que franqueé para precisamente revolverme por ámbitos inescrutables. Voy de aquí para allá pensando en las vidas que nos envuelven y no encuentro solución para nada, salvo para aliviar mi maldita sed… Sed de humanos incansables, de lunas descubiertas, de ecuaciones desesperadas. Fraguando estos agrupamientos voy decayendo inexorablemente hacia figuras posiblemente oníricas. Más lejos veo canales donde se vuelcan ciertos límites, inesperados; más cerca espero encontrar aquello que debe estar prácticamente congelado. Digamos que veo mi finitud y no la quiero, pensemos que vamos más allá de lo que podemos soportar… Planteemos sinceramente que la muerte viene hacia aquí sin ningún pudor. Queda la esperanza que da la sensación de continuidad, el enlazamiento para intentar superar esta maldita inquietud… Sabemos que inevitablemente moriremos para que caigan lágrimas. Es mentira. Moriremos para desatar alegría.

Empecemos de nuevo:

Encuentro razones lo suficientemente importantes para creer que estoy vivo; y quiero resaltar la forma en que conjugo el verbo vivir. Entre otras cosas porque es un componente imprescindible de la muerte. Siento realmente tedio por esta situación que me espanta: rubrico certificados donde se dice que se posee… ¿qué sé yo?, voy y miro tras de mí y veo que ha desaparecido el tiempo… Hacia las nubes grises vuelan los futuros intentando completar aquellos prados interminables, aquellas oquedades… Precisamente en el futuro están escritas algunas de esas instantáneas, líneas digitales de una fragua enorme, que nos harán probablemente invulnerables.

Cartas a Meredith (4)

Posted in Cartas a Meredith by Pedro Castro Ortega on 19 Abril 2009

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Mi descuidada Meredith:

Ayer creí adivinar rumores entre voces dispersas. No sé lo que es escuchar a hurtadillas, y confieso mi torperza cuando he de intervenir en las conversaciones de los demás. Pero fue tan inevitable que caí en la trampa. Y escuché palabras que, de verdad, comenzaron a perturbarme. No soy yo de los que buceen en los murmullos, pero se me aceleró el pulso.

Y decidí marcharme a casa y decírtelo.

Han puesto una flor marchita, como de jaspe, dentro de tu taquilla. Le han pegado un papel muy bonito en la puerta con una leyenda que dice:

«Aquí hacía Meredith su trabajo. Te queremos y, sobre todo, te respetamos. Tus compañeros.»

Y a la cerradura le han puesto un candado plateado y muy apropiado también.

Tú y yo sabemos, Meredith, estés donde estés, que el desasosiego nos corrompe. Por eso, en parte, te fuiste. Por eso ahora, descuidadamente y sin nada que perder, tus compañeros se aprietan la corbata y se estiran la falda delante de tu inesperado altar. Cual peana de esas que tú misma vilipendiabas. El destino es…

¿Qué es el destino, Meredith?

Tu, ahora, seguro que lo sabes. Ahora sabes incluso aquello que siempre supiste y sabes con toda certeza la verdad que te atravesó sin pudor alguno mientras viviste aquí. Ahora, allá, la verdad no es absoluta. Ni tuya. Ni mía. Ni de nadie. Simplemente es. Aunque sea mentira. ¿Es aburrida la eternidad Meredith?

Aquí espero, a veces entre lágrimas, una inesperada sonrisa tuya.

T y V se han hecho muy amigos, amigos de verdad. Uno y otro parecen haber escapado a esa maldita reclusión a que estaban sometidos. Ahora se ven de vez en cuando y, desde la última vez que acabaron, ya de madrugada, han hecho muy buenas migas.

V ha consolidado su complemento, T ayuda en el laboratorio, se recupera y, según me atrevo a creer, se atisba una salida a su aislamiento. Ya sabes lo unido que estaba a ti. Y yo, yo me conformo con que de vez en cuando cuenten conmigo para alzar nuestras copas acariciando la aurora.

La luz conquistada

Posted in Pasado, Presente by Pedro Castro Ortega on 27 Marzo 2009

lunaAlguna vez estuvo la razón de mi lado. Fue increíble. A veces creí que nunca me asistía.

Pero la razón mía no es la razón. Me escapé y pensé distinto.

Sé lo que describe la luz sobre los campos. Sé de los caminos que no se acaban. De esas longitudes de tierra. Donde íbamos tú y yo a buscar una raíz. Una raíz viva. Sé que la luz nos daba de frente y descansábamos en las cunetas. Alguna mata se quedó allí, llorosa y tendida, sólo por vernos.

Sé que nos perderemos entre las camadas, sé que estrujaremos nuestros miembros más allá de la noche.

Y sé que gritaremos amor por los cuatro costados. Amor de lunas menguantes, amor antiguo y académico…

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Silencio

Posted in Pasado, Presente by Pedro Castro Ortega on 28 Febrero 2009

isolatedY ahora el silencio. O al menos el susurro que lo enmascara en turbias oquedades. O el silencio que gravita puro, sublime atmósfera terapéutica. O el de las neuróticas lágrimas que lo humedecen a gritos. O el silencio aterrador del miedo que paraliza en muecas indescriptibles. O el de los abrazos nocturnos de las parejas que dormitan bajo la arenosa luna estival. O el de los vastos campos cubiertos de nieve. O el silencio de las cumbres alcanzables sólo por espíritus libres. O el silencio alegre y cómplice, simplemente, de una sonrisa. O el del espacio sideral que fluye en su línea del tiempo hacia mundos infinitos e inexplicables. O el de la oración con uno mismo que se habla en las vísceras mediante plegarias y antífonas.

Yo fui innumerables veces tachado de liderar un poder intolerante, irracional e inhumano alrededor del cual se conformaba un silencio cómplice. Yo fui marcado por estigmas producto del pensamiento único e inapelable, de la posesión de la verdad absoluta e irrevocable que algunos, ineludiblemente, parecen tener. Yo fui protagonista de siniestros, perversos e infames artículos, denuncias y comunicados, fruto de una pertinaz manía persecutoria. Yo sentí el odio rezumar pululando por las esquinas. Consternado, decliné y entregué mi trabajo y mi esfuerzo después de vivir con las sombras del martirio, de la soledad y de los muchos silencios en los que me imbuía, producto de esas obstinadas y pesadas mazas que removían mis neuronas.

Y yo salí hacia el silencio de la liberación y de la alegría para ver, paradójicamente, más silencio. El silencio de los pactos y de las mediaciones. De los efugios y subterfugios. El silencio de las evasivas. De los objetivos cumplidos, de los caprichos, de las pueriles revelaciones y de las porfiadas exigencias. El silencio de los ombligos.

Yo, de momento y en silencio, iré otra vez a descubrir el mundo.

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Armas

Posted in Futuro, Pasado, Presente by Pedro Castro Ortega on 6 Febrero 2009

Tengo las armas.

Están en mis manos. ¿Disparo?

La respuesta tiene que ver con el alma.

Hazlo si crees que con ello cambiarás el mundo. Hazlo también si crees que no lo cambiarás. (¿Posiblemente el mundo ya esté totalmente podrido?)

No lo hagas nunca.

Hazlo siempre.

¿Cuáles son tus armas?

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Límite

Posted in Presente by Pedro Castro Ortega on 20 Enero 2009

limiteLo que trajo el viento tú te lo llevaste en un instante. Y solo quedó el camino. Lo que trajo la tempestad tú lo comprimiste ocupando el mínimo espacio. Y sólo quedó el cauce. Lo que desviaron tus ojos entró en el campo de los sueños y escapó a esta olvidada realidad. Ahora ya únicamente existes en ese terreno gaseoso y soluble de imágenes etéreas, oníricas. Montado en la línea del tiempo espero la hora para acometer la carrera que me llevará a tu finca de algodón y confundirme con tus costillas. Hasta entonces surcaré como siempre los atardeceres en busca de esa oblicua nada que me espera constantemente allá, en el horizonte. Hasta entonces, y no sin coraje,  me iré desprendiendo de esta insoportable gravedad que me atenaza para continua, aunque apenas imperceptiblemente, llegar a ti sin llegar nunca. Mi destino, mi límite, mi meta inalcanzable. Allí aspiro a succionar, a robarte, en los alrededores de tu frontera, acumulándome, alguna  rebelde partícula escapada de tus cercanías. Suspiro únicamente por una aproximación tuya.

Cartas a Meredith (3)

Posted in Cartas a Meredith by Pedro Castro Ortega on 4 Enero 2009

Mi olvidada Meredith:

Ayer me acordé súbitamente de ti. De todo lo que habíamos pasado juntos. Aun tu recuerdo y tu figura traspasa mi pecho en punzadas no sé si de gozo o de dolor.
Siempre pensé que tu narcisismo te llevaría a la destrucción, como así fue. Había un exceso de autoestima, te sobraba tanta que no sabías dónde echarla. Bueno, en realidad sí que lo sé: en alimentar el sentimiento de superioridad sobre los demás y el placer que consecuentemente ello te causaba.
Luego te sumías, ora en períodos de profunda tristeza, ora en momentos de rotunda ira; y me llamabas, me exigías como confesor o como blanco de tus arrebatos, donde lanzar tus dardos llenos de odio y de incomprensión. Paradójicamente me convertía en el responsable de tus males, en el garante de tus desgracias que, además, había planificado estudiadamente.
Finalmente yo ya no sabía qué hacer y contrito desaparecía con la nueva carga que suponía la información que habías vertido sobre mí. Y así de cuando en cuando. Últimamente, antes de irte, cada vez con más frecuencia.
Ahora sé que, estés donde estés, habrás negociado algún acuerdo para sentirte segura. Estoy convencido de que todavía, de alguna manera, mueves invisible los hilos de los que aquí nos encontramos.

Por cierto, T parece salir de su reclusión y paseamos juntos una vez a la semana. Sirve de terapia para su retraimiento y nuestra neurosis.

El otro día nos encontramos con V y los tres juntos despedíamos la noche cuales crápulas en la frontera de la madrugada.

Creo en Cristo

Posted in Presente by Pedro Castro Ortega on 29 Diciembre 2008

Estos dos últimos días han sido de reflexión intensa. De repaso de este año. Mejor dicho: de la última mitad de mi vida. En estas señaladas fechas caes en la cuenta de que lo único que nos rodea es prisa, desenfreno y abusos de todo tipo. No dejamos tiempo, siquiera un cuarto de hora, para el silencio y la reflexióncruz1 personal. Para respirar un poco más pausadamente y volver la mirada hacia nuestro interior.

Hoy quiero decir que creo en Cristo. Y que esta creencia, esta fe, es un camino difícil. No es nada fácil vivir en la fe de Cristo. Normalmente nos equivocamos, pecamos de materialismo, de consumismo excesivo, de mirar hacia otro lado en vez de ayudar, elegimos la comodidad personal antes que la implicación por y para los otros. Yo el primero, yo he olvidado el camino y he elegido lo cómodo: pasar de todo y darme por agnóstico. Elegimos dejar a Dios de lado y así todo se nos deforma. Esta elección vital es una mentira. A mí me lo dice el corazón, porque he vivido en ella. Porque me he olvidado de Él y sólo he visto oscuridad. Yo soy el primero que me equivoco, cometo mil errores, pero hoy, precisamente hoy me doy cuenta, caigo en la cuenta de la verdad: no hay que tener miedo a Cristo. Mucho tiempo ya de indolencia, de indiferencia, de abulia, de arrogarme la vida para mí creyéndome que así iba a encontrar vida. No: hay que empezar a cambiar, hay que dar vida. Durante mucho tiempo di todo lo que pude para los demás en la medida en que podía desde mi situación personal y mi posición profesional. Sabía que no era nada fácil dar y que siempre se podía dar más o hacerlo mejor. Tropezaba mucho pero lo intentaba. Tuve momentos de verdadera satisfacción solamente por el hecho de que al desprenderme de un poquito de mí daba verdadera ayuda a la persona que tenía enfrente y que manifestaba sus preocupaciones y sus problemas. Aquel tiempo terminó y caí en una etapa de oscuridad total. De introspección y de olvido. Aun hoy no he salido de las tinieblas. Me cuesta mucho. Decidir olvidar a Cristo no ha sido lo mejor. Y para empezar no está mal decirlo así, bien claro: quiero decir que creo en Cristo.

No será fácil volver a reencontrarme, volver a abrirme, volver a ser más relación. Es posible que las personas que me conocen tengan una percepción distinta, pero el único que sabe cómo se siente mi alma soy yo. Y mi alma se apartó de Dios y solo ha encontrado dolor y arrepentimiento. No será un camino fácil, pero en algún momento había que decirlo y empezar, de nuevo, a caminar.

Dice Joseph Ratzinger en su libro Mirar a Cristo:

«Ningún hombre puede habitar en la tristeza. Pero si el fondo del alma es la tristeza, se llega necesariamente a una continua huida del alma de sí misma, a una profunda inquietud. El hombre tiene miedo de estar solo consigo mismo, pierde su centro, se convierte en un vagabundo intelectual, que siempre se está alejando de sí mismo. Síntomas de esta inquietud vagabunda del espíritu son la verbosidad y la curiosidad. El hombre al hablar huye del pensamiento. Y puesto que se le ha quitado la visión hacia lo Infinito, busca insaciablemente sustitutos.»

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