Cartas a Meredith (3)
Mi olvidada Meredith:
Ayer me acordé súbitamente de ti. De todo lo que habíamos pasado juntos. Aun tu recuerdo y tu figura traspasa mi pecho en punzadas no sé si de gozo o de dolor.
Siempre pensé que tu narcisismo te llevaría a la destrucción, como así fue. Había un exceso de autoestima, te sobraba tanta que no sabías dónde echarla. Bueno, en realidad sí que lo sé: en alimentar el sentimiento de superioridad sobre los demás y el placer que consecuentemente ello te causaba.
Luego te sumías, ora en períodos de profunda tristeza, ora en momentos de rotunda ira; y me llamabas, me exigías como confesor o como blanco de tus arrebatos, donde lanzar tus dardos llenos de odio y de incomprensión. Paradójicamente me convertía en el responsable de tus males, en el garante de tus desgracias que, además, había planificado estudiadamente.
Finalmente yo ya no sabía qué hacer y contrito desaparecía con la nueva carga que suponía la información que habías vertido sobre mí. Y así de cuando en cuando. Últimamente, antes de irte, cada vez con más frecuencia.
Ahora sé que, estés donde estés, habrás negociado algún acuerdo para sentirte segura. Estoy convencido de que todavía, de alguna manera, mueves invisible los hilos de los que aquí nos encontramos.
Por cierto, T parece salir de su reclusión y paseamos juntos una vez a la semana. Sirve de terapia para su retraimiento y nuestra neurosis.
El otro día nos encontramos con V y los tres juntos despedíamos la noche cuales crápulas en la frontera de la madrugada.
Lo que trajo el viento tú te lo llevaste en un instante. Y solo quedó el camino. Lo que trajo la tempestad tú lo comprimiste ocupando el mínimo espacio. Y sólo quedó el cauce. Lo que desviaron tus ojos entró en el campo de los sueños y escapó a esta olvidada realidad. Ahora ya únicamente existes en ese terreno gaseoso y soluble de imágenes etéreas, oníricas. Montado en la línea del tiempo espero la hora para acometer la carrera que me llevará a tu finca de algodón y confundirme con tus costillas. Hasta entonces surcaré como siempre los atardeceres en busca de esa oblicua nada que me espera constantemente allá, en el horizonte. Hasta entonces, y no sin coraje, me iré desprendiendo de esta insoportable gravedad que me atenaza para continua, aunque apenas imperceptiblemente, llegar a ti sin llegar nunca. Mi destino, mi límite, mi meta inalcanzable. Allí aspiro a succionar, a robarte, en los alrededores de tu frontera, acumulándome, alguna rebelde partícula escapada de tus cercanías. Suspiro únicamente por una aproximación tuya.