Cartas a Meredith (3)
Mi olvidada Meredith:
Ayer me acordé súbitamente de ti. De todo lo que habíamos pasado juntos. Aun tu recuerdo y tu figura traspasa mi pecho en punzadas no sé si de gozo o de dolor.
Siempre pensé que tu narcisismo te llevaría a la destrucción, como así fue. Había un exceso de autoestima, te sobraba tanta que no sabías dónde echarla. Bueno, en realidad sí que lo sé: en alimentar el sentimiento de superioridad sobre los demás y el placer que consecuentemente ello te causaba.
Luego te sumías, ora en períodos de profunda tristeza, ora en momentos de rotunda ira; y me llamabas, me exigías como confesor o como blanco de tus arrebatos, donde lanzar tus dardos llenos de odio y de incomprensión. Paradójicamente me convertía en el responsable de tus males, en el garante de tus desgracias que, además, había planificado estudiadamente.
Finalmente yo ya no sabía qué hacer y contrito desaparecía con la nueva carga que suponía la información que habías vertido sobre mí. Y así de cuando en cuando. Últimamente, antes de irte, cada vez con más frecuencia.
Ahora sé que, estés donde estés, habrás negociado algún acuerdo para sentirte segura. Estoy convencido de que todavía, de alguna manera, mueves invisible los hilos de los que aquí nos encontramos.
Por cierto, T parece salir de su reclusión y paseamos juntos una vez a la semana. Sirve de terapia para su retraimiento y nuestra neurosis.
El otro día nos encontramos con V y los tres juntos despedíamos la noche cuales crápulas en la frontera de la madrugada.
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