Fascismo o perversión
Dicen 4 ó 5 personas de entre las bastantes (muchas) que me conocen que soy un fascista. O, al menos, que lo era. No sé si para ellas ahora lo seguiré siendo (seguramente). Miro por ahí y leo que la base intelectual del fascismo plantea una sumisión de la razón a la voluntad y la acción, que se identifica fuertemente con componentes victimistas, que tiene un componente social interclasista y una negación a ubicarse en el espectro político (izquierdas o derechas). Pero no creo que sea por esto por lo que estas 4 ó 5 personas me llaman (o llamaban) fascista (yo creo que, paradójicamente, esta definición se acopla bastante bien a estas 4 ó 5 personas). O puede que sí, quién sabe.
Pero también leo que el fascismo es una ideología política fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo (por ello se exalta la idea de nación frente a la de individuo o clase), que suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único, que propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta en la que sus representantes están unificados por el gobierno central, y que este designaba para representar a la sociedad. Además, y sigo leyendo, el fascismo se caracteriza por su método de análisis o estrategia de difusión de juzgar sistemáticamente a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. Aprovecha demagógicamente los sentimientos de miedo y frustración colectiva para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda, y los desplaza contra un enemigo común (real o imaginario, interior o exterior), que actúa de chivo expiatorio frente al que volcar toda la agresividad de manera irreflexiva, logrando la unidad y adhesión (voluntaria o por la fuerza) de la población. La desinformación, la manipulación del sistema educativo y un gran número de mecanismos de encuadramiento social, vician y desvirtúan la voluntad general hasta desarrollar materialmente una oclocracia que se constituye en una fuente esencial del carisma de liderazgo y en consecuencia, en una fuente principal de la legitimidad del caudillo. ¡Ufff! Espero que no sea por esto último por lo que digan aquellas 4 ó 5 personas que soy un fascista. Aunque a lo mejor es posible que sí, que realmente me vean como algo así.

Sin embargo, lo que de verdad creo es que las mencionadas 4 ó 5 personas simplemente me llaman (o llamaban) fascista porque están (o estaban) convencidas de que soy (o era) excesivamente autoritario, que tiendo (o tendía) a actuar con autoritarismo. ¡Vaya por Dios! Y yo que pienso y siento exactamente lo contrario, que a veces he dialogado demasiado y no he llevado a la práctica la cuota de poder que mi cargo también me exigía. No sé, pero todo esto me ofuscaba en su momento. De hecho, me sigue ofuscando.
No me importan absolutamente nada los calificativos que ciertas personas utilicen para definirme. La vida a veces nos depara situaciones difíciles y comprometidas. Ni que decir tiene que nada más lejos de mi persona y de mi forma de ser que compararme con todo lo expresado en los párrafos anteriores. Pero quiero desde aquí hacer saber a todas las personas que me conocen que vivir durante un largo período de mi vida con esta carga que contra mí se sucedió de manera pertinaz y obstinada no fue fácil. Y no, no es victimismo. Yo me he decidido, siempre que pueda y así lo espero, por el silencio. Gracias a Dios mi retirada ha servido para aliviarme de este peso que tanto mal me ha hecho. Pero a veces me siento triste, siento verdadera pena al pensar que sola y precisamante el silencio, el olvido, la lejanía de las trincheras, las retiradas y por qué no, la derrota, son la única salida saludable y vital.
Sin embargo soy optimista y seguiré trabajando (olvidémonos de este curso y también de los 2 ó 3 anteriores a este) con ilusión y optimismo, pensando en mejorar y ayudar a los que me rodean. Sobre todo a mis alumnos y alumnas que tanto echo de menos después de esta larga baja médica. Espero que pronto llegue septiembre.
- La imagen se tomó prestada de ELPAÍS.COM -
Cartas a Meredith (5)
Meredith:
Cada vez que pienso en ti siento como si volvieran a sangrar las cicatrices de mi brazo y de mi muslo. No debería haberte hablado así. Te dije cosas que no merecías que te dijera. Siempre lo llevaré como un gran peso dentro de mi corazón. ¿Por qué me dejé llevar por la histeria? ¿Por qué los nervios pudieron conmigo? Mirándolo bien, evocando aquel momento, creo entender tu reacción y creo hasta merecer estas señales que me acompañarán toda mi vida. Pero hay otra cosa que quiero, ahora, decirte: ¿por qué tanto odio? ¿por qué? Cuando no amas solo sabes odiar. Para ti no existe la indiferencia. A veces pienso que nuestra separación fue una suerte, al menos para mí. Y seguro que también para ti. Antes de tu trágico final no había más que verte con él. Eras el paradigma de la felicidad. Lo confieso: para mí tampoco había indiferencia, yo mientras tanto sufría y me dolía hasta el alma. ¿Celos? Sí, puede. Pero los sentimientos son obstinados y lo que yo siento por ti lo llevaré siempre encima. Por otra parte, en muchas ocasiones, como aquella funesta noche, también yo te odiaba. No, no era desprecio, era odio. Y sin embargo, de todos modos, la distancia de los dos últimos años era insoportable. Paradojas de la vida.
Pero no sé por qué te cuento todo esto. Seguro que tú ya lo sabías. Porque nada puede escapar a ti, nada.
Te sigo esperando.