Docencia cien por cien
Un docente es alguien que enseña, perteneciente o relativo a la enseñanza. Por tanto un docente es un profesor, porque un profesor ejerce o enseña una ciencia o arte. No así al contrario. Porque hay profesores que ejercen una ciencia o arte, pero no siempre la enseñan, sino que en muchas ocasiones estiman que practicar los actos propios del oficio de profesor es hacer un uso pedante de sus “capacidades o virtudes”, o realizar sobre el alumnado un influjo que no enseña, sino que adoctrina, alela y aborrega.
Un profesor que ejerce la docencia cien por cien, es decir, que enseña su materia o su asignatura, solamente pone su afán, vehemencia y entusiasmo, precisamente en transmitir de la mejor manera posible los contenidos de dicha materia y en aconsejar adecuadamente a sus alumnos en su aprendizaje, utilizando para ello todos los medios de que disponga a su alcance, para que éstos consigan los objetivos que se proponen a principio del curso académico en la programación didáctica.
Un profesor que ejerce su oficio pero no la docencia, malgasta con frecuencia su ardor y su celo en hacer propaganda de ideas propias, ultrajando lógicamente las contrarias y olvidando que su opinión debe manifestarla cuando los alumnos lo demandan, procurando ser completamente objetivo, y sin olvidar el principio de igualdad y no discriminación por razón de ideas, sexo, religión, nacionalidad y capacidad.
Este último profesor ejerce el mando, una autoridad basada en el poder del que gobierna la clase, sustentada en la potestad que tiene sobre el alumnado. Y no hace falta ninguna ley educativa para hacerlo. Y en ocasiones, o muchas veces, cuando un profesor ejerce habitualmente de esta manera, no pasa nada. Con gran valentía algún alumno o alumna, padre o madre, se han dirigido al jefe de estudios o al director de un centro educativo, con educación y respeto, denunciando que, bajo su punto de vista, el profesor P está ejerciendo con sus actuaciones en clase, discriminación por razón, digamos, de religión. El jefe de estudios o el director, seguramente y en principio, intentará restar importancia al asunto en presencia de los alumnos o de los padres. Posteriormente, a lo sumo, puede haber una reunión privada entre el jefe de estudios y el profesor P implicado, en la que se trate la cuestión. Y, es muy probable, que de ésta salgan la jefatura y la dirección del centro muy mal paradas, pues, paradójicamente, el profesor P las acuse de autoritarismo, persecución y acoso. Incluso que lo denuncie administrativamente a la autoridad educativa, a las que pondrá en un brete del que tendrá difícil efugio o evasiva.
Es muy difícil, prácticamente imposible diría yo, ser un profesor que ejerce la docencia cien por cien. Pero hay muchos que trabajan, siguen estudiando, investigando y formándose a sí mismos, para conseguir este propósito. La clase de autoridad de este profesor está basada en su prestigio, en el crédito que se le reconoce por su calidad o competencia en la materia que enseña. Este es el objetivo de cualquier profesor que se precie de serlo. Y tampoco hace falta ninguna ley educativa para ello.
Pero es curioso y, otra vez, paradójico. Si un partido político que gobierna una comunidad autónoma (en este caso el PP), propone una Ley de Autoridad del Profesor (que hasta que no lea no sabré qué opinar de ella), rápidamente corren ríos de tinta por parte de partidarios del PSOE o de no partidarios del PP, para afirmar que este concepto de autoridad, seguramente, estará basado en el poder del que gobierna o ejerce el mando de manera abusiva y autoritaria (como, presuntamente, el profesor P). Sin embargo, y estoy completamente seguro de ello, si la misma o parecida Ley de Autoridad del Profesor es propuesta a nivel de todo el estado por el partido que gobierna (el PSOE en este caso), correrían los mismos ríos de tinta o más para demostrar, con opiniones contrastadas de expertos en la jerga pedagógica correspondiente, entre los que puede que hasta se encuentre la del profesor P, que la autoridad del profesor que emana de esta ley tiene que ver no precisamente con el poder o el mando, sino con la capacidad de generar entusiasmo y motivación, con la empatía, con la habilidad para solucionar conflictos, etcétera.
Pues no. La autoridad del profesor, esté aparejada o no al carácter público de una Ley, tiene poco que ver con los partidos políticos, ni siquiera si cabe con ideologías políticas o corrientes pedagógicas en las que se apoye una Ley de este tipo y que puedan estar muy bien. Tiene que ver con las ganas de enseñar y el tesón que de manera infatigable pone el profesor que ejerce la docencia cien por cien.
Enfermedad y amistad
La gente sana rehúye el trato con la gente enferma. Esta regla es aplicable a casi todo el mundo. Hans Reiter era una excepción. No les temía a los sanos ni tampoco a los enfermos. No se aburría nunca. Era servicial y tenía en alta estima la noción, esa noción tan vaga, tan maleable, tan desfigurada, de la amistad. Los enfermos, por lo demás, siempre son más interesantes que los sanos. Las palabras de los enfermos, incluso de aquellos que sólo son capaces de balbucear, siempre son más importantes que las palabras de los sanos. Por lo demás, toda persona sana es una futura persona enferma. La noción del tiempo, ah, la noción del tiempo de los enfermos, qué tesoro escondido en una cueva en el desierto. Los enfermos, por lo demás, muerden de verdad, mientras que las personas sanas hacen como que muerden pero en realidad sólo mastican aire. Por lo demás, por lo demás, por lo demás.
Roberto Bolaño – 2666 (La parte de Archimboldi)
La gente sana rehúye el trato con la gente enferma. Esta regla es aplicable a casi todo el mundo. Hans Reiter era una excepción. No les temía a los sanos ni tampoco a los enfermos. No se aburría nunca. Era servicial y tenía en alta estima la noción, esa noción tan vaga, tan maleable, tan desfigurada, de la amistad. Los enfermos, por lo demás, siempre son más interesantes que los sanos. Las palabras de los enfermos, incluso de aquellos que sólo son capaces de balbucear, siempre son más importantes que las palabras de los sanos. Por lo demás, toda persona sana es una futura persona enferma. La noción del tiempo, ah, la noción del tiempo de los enfermos, qué tesoro escondido en una cueva en el desierto. Los enfermos, por lo demás, muerden de verdad, mientras que las personas sanas hacen como que muerden pero en realidad sólo mastican aire. Por lo demás, por lo demás, por lo demás.
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