Cartas a Meredith (6) [o sobre la nueva era del pensamiento]
Hola de nuevo, Meredith.
Me acostumbro a tu ausencia. La verdad es que yo también he puesto de mi parte para forzar, si no el olvido, que sería imposible, sí esta distancia tan real como imaginaria. Es parte de mi terapia. Como también continuar con estas misivas. Y es que sí, no podía escapar, tarde o temprano también me tenía que tocar a mí.
En la bitácora de T sólo se habla últimamente de calificaciones, de notas, de selecciones, de méritos…:
«Yo evalúo, tú no evalúas, él califica, nosotros seleccionamos, vosotros vivís en una sociedad marcada por los méritos contraídos, ellos obtuvieron unas notas nefastas a pesar de todas las facilidades que les dimos. Estas y esos aprendieron bien a pesar de que no hacemos exámenes. Estos y esas se descalabraron en el examen final: no supieron dar el último empujón que la asignatura requería. Aquellos y aquellas tienen muchas garantías de éxito en el bachillerato pues han adquirido satisfactoriamente las competencias básicas de la ESO. Mi metodología excluye los exámenes. Tu metodología es demasiado tradicional. Su metodología encaja perfectamente en el sistema de evaluación.»
Ciertos escalofríos recorren entonces mi espina dorsal y mis omoplatos, mi cabeza se envuelve de negros pensamientos; luego me duele y apago entonces este aparato a veces tan nefando y odioso.
¿Y la Ley qué dice sobre todo esto? ¿Qué dice la Ley Meredith? Recuérdamelo. Tú eras grande con las leyes. Parece que te oigo decir, por ejemplo, “según la orden que regula la evaluación del alumnado, debemos incluir en la programación estrategias, para desarrollarlas en la práctica en el aula, que permitan al alumnado evaluar su propio aprendizaje, así que…” Pero los legisladores siempre están allí arriba en su escalafón teórico. Ni siquiera los conocemos. No sabemos quiénes son. Yo no he visto ejemplo práctico alguno de estrategia que permita al alumnado evaluar su propio aprendizaje, elaborado directamente por los legisladores y distribuido por la administración para arrojar luz sobre el asunto. Puede que los haya, pero yo no los he visto. Será que soy torpe, o que me quedé anclado en el concepto de autoevaluación o examen que se corregían los propios alumnos, como mucho. Sigo de todos modos buceando entre libros, textos y escritos para buscar soluciones, ser más eficaz y hacerme comprender cada día mejor y de manera más agradable. Confío actividades a la Red conforme aprendo técnicas de divulgación a través de Internet. Intento utilizar más medios, más nuevos y más impactantes. Pero agonizo tragado por el tiempo, por esta tremenda finitud.
El otro día, Meredith, mientras explicaba y resolvía detenidamente un problema en la pizarra, me miraban mis alumnos de casi 18 años con asombro y estupefacción, con extrañeza o confusión. Vi muchas y distintas expresiones y miradas. Mis alumnos están a años luz de las matemáticas. Mis alumnos esperan tipologías en las relaciones de problemas, rutinas y procedimientos muy concretos, con escaso margen de maniobra, para llegar a la solución final. Y ya está. No quieren saber nada más. Anumerismo total. Pero saben que es necesario, que hace falta algo más. Yo les repito una y otra vez que es necesario algo más, que la matemática no sólo es cálculo rutinario: tenemos que ser capaces de interpretar adecuadamente enunciados y resultados, modelizar, comparar, demostrar, concluir. Hemos de dudar. Tenemos que suprimir el “yo no sé hacer esto” o el “no entiendo nada”. Mis alumnos de casi 18 años no estudian apenas en sus hogares. Apenas se recluyen a solas para hacerse una pregunta más sobre el trabajo terminado, caso de que lo hagan o finalicen. Mis alumnos no piensan. Por eso las matemáticas les resultan desagradables. Y me di cuenta. En general no pensamos. Nos hemos demorado en viajes por las tecnologías de la información y la comunicación para nuestro deleite y placer. Nos movemos en un mundo de códigos descafeinados, implementados deprisa, sin atender a regla u orden alguno. Miramos el sol, la luna, las estrellas (¿los miramos?) y no sabemos si se mueven ellos o nos movemos nosotros. Hemos caído en el abismo del olvido. Ha comenzado el tercer milenio, una nueva era, la segunda edad media implementada por la comunicación. Y, sin embargo, al parecer, somos razonablemente felices. Porque hemos dejado de pensar.
¿Allí pensáis, Meredith?
Cartas a Meredith (5)
Meredith:
Cada vez que pienso en ti siento como si volvieran a sangrar las cicatrices de mi brazo y de mi muslo. No debería haberte hablado así. Te dije cosas que no merecías que te dijera. Siempre lo llevaré como un gran peso dentro de mi corazón. ¿Por qué me dejé llevar por la histeria? ¿Por qué los nervios pudieron conmigo? Mirándolo bien, evocando aquel momento, creo entender tu reacción y creo hasta merecer estas señales que me acompañarán toda mi vida. Pero hay otra cosa que quiero, ahora, decirte: ¿por qué tanto odio? ¿por qué? Cuando no amas solo sabes odiar. Para ti no existe la indiferencia. A veces pienso que nuestra separación fue una suerte, al menos para mí. Y seguro que también para ti. Antes de tu trágico final no había más que verte con él. Eras el paradigma de la felicidad. Lo confieso: para mí tampoco había indiferencia, yo mientras tanto sufría y me dolía hasta el alma. ¿Celos? Sí, puede. Pero los sentimientos son obstinados y lo que yo siento por ti lo llevaré siempre encima. Por otra parte, en muchas ocasiones, como aquella funesta noche, también yo te odiaba. No, no era desprecio, era odio. Y sin embargo, de todos modos, la distancia de los dos últimos años era insoportable. Paradojas de la vida.
Pero no sé por qué te cuento todo esto. Seguro que tú ya lo sabías. Porque nada puede escapar a ti, nada.
Te sigo esperando.
Cartas a Meredith (4)

Mi descuidada Meredith:
Ayer creí adivinar rumores entre voces dispersas. No sé lo que es escuchar a hurtadillas, y confieso mi torperza cuando he de intervenir en las conversaciones de los demás. Pero fue tan inevitable que caí en la trampa. Y escuché palabras que, de verdad, comenzaron a perturbarme. No soy yo de los que buceen en los murmullos, pero se me aceleró el pulso.
Y decidí marcharme a casa y decírtelo.
Han puesto una flor marchita, como de jaspe, dentro de tu taquilla. Le han pegado un papel muy bonito en la puerta con una leyenda que dice:
«Aquí hacía Meredith su trabajo. Te queremos y, sobre todo, te respetamos. Tus compañeros.»
Y a la cerradura le han puesto un candado plateado y muy apropiado también.
Tú y yo sabemos, Meredith, estés donde estés, que el desasosiego nos corrompe. Por eso, en parte, te fuiste. Por eso ahora, descuidadamente y sin nada que perder, tus compañeros se aprietan la corbata y se estiran la falda delante de tu inesperado altar. Cual peana de esas que tú misma vilipendiabas. El destino es…
¿Qué es el destino, Meredith?
Tu, ahora, seguro que lo sabes. Ahora sabes incluso aquello que siempre supiste y sabes con toda certeza la verdad que te atravesó sin pudor alguno mientras viviste aquí. Ahora, allá, la verdad no es absoluta. Ni tuya. Ni mía. Ni de nadie. Simplemente es. Aunque sea mentira. ¿Es aburrida la eternidad Meredith?
Aquí espero, a veces entre lágrimas, una inesperada sonrisa tuya.
T y V se han hecho muy amigos, amigos de verdad. Uno y otro parecen haber escapado a esa maldita reclusión a que estaban sometidos. Ahora se ven de vez en cuando y, desde la última vez que acabaron, ya de madrugada, han hecho muy buenas migas.
V ha consolidado su complemento, T ayuda en el laboratorio, se recupera y, según me atrevo a creer, se atisba una salida a su aislamiento. Ya sabes lo unido que estaba a ti. Y yo, yo me conformo con que de vez en cuando cuenten conmigo para alzar nuestras copas acariciando la aurora.
Cartas a Meredith (3)
Mi olvidada Meredith:
Ayer me acordé súbitamente de ti. De todo lo que habíamos pasado juntos. Aun tu recuerdo y tu figura traspasa mi pecho en punzadas no sé si de gozo o de dolor.
Siempre pensé que tu narcisismo te llevaría a la destrucción, como así fue. Había un exceso de autoestima, te sobraba tanta que no sabías dónde echarla. Bueno, en realidad sí que lo sé: en alimentar el sentimiento de superioridad sobre los demás y el placer que consecuentemente ello te causaba.
Luego te sumías, ora en períodos de profunda tristeza, ora en momentos de rotunda ira; y me llamabas, me exigías como confesor o como blanco de tus arrebatos, donde lanzar tus dardos llenos de odio y de incomprensión. Paradójicamente me convertía en el responsable de tus males, en el garante de tus desgracias que, además, había planificado estudiadamente.
Finalmente yo ya no sabía qué hacer y contrito desaparecía con la nueva carga que suponía la información que habías vertido sobre mí. Y así de cuando en cuando. Últimamente, antes de irte, cada vez con más frecuencia.
Ahora sé que, estés donde estés, habrás negociado algún acuerdo para sentirte segura. Estoy convencido de que todavía, de alguna manera, mueves invisible los hilos de los que aquí nos encontramos.
Por cierto, T parece salir de su reclusión y paseamos juntos una vez a la semana. Sirve de terapia para su retraimiento y nuestra neurosis.
El otro día nos encontramos con V y los tres juntos despedíamos la noche cuales crápulas en la frontera de la madrugada.
Cartas a Meredith (2)
Meredith es una filtración en el espacio. Es su propio reflejo. Insisto: Meredith es mentira. Porque todavía no hay una definición exacta del tiempo. Pero qué más da todo, en definitiva, si está muerta. Todavía ando buscando el significado de lo último que me dijo. Y me da miedo expresarlo porque Meredith es grande y mi intromisión en vez de arrojar luz puede hacer que todo sea aun más oscuro.
Sin embargo T sigue escribiendo en su bitácora. Pin, pan, pin, pan sin parar. Y la gente comenta sus artículos pin, pan, pin, pan sin parar. Y los comentarios se refomentan, refluyen y se refocilan pin, pan, pin, pan sin parar.
Le dije a T que podíamos sacar la mente a pasear y hablar. Y le recordé a mi querido T que a veces nos hacemos daño sin querer. No quiero que T sea más neurótico que yo. Ya sé que poco puedo decir de T pues está envuelto entre brumas, pero todo lo que pasó con Meredith ha influido mucho en T. Y en mí.
Por fin le dieron el finiquito a V. La secretaria me deseó suerte.
Y aquí estoy, acordándome de Meredith y respirando aliviado. Releo ahora la primera carta que escribí tras nuestra desaparición, no hace mucho tiempo de ello:
Meredith:
¿Recuerdas cuando compartíamos el oxígeno del mismo recinto? Me decías: «no, así no, así sí», «ahora, ahora vamos por el buen camino». Y a veces: «¡te has salido!, ¡vuelve, vuelve!», «¿dónde estás?, ¿siempre con dobleces, apareciendo y desapareciendo?». Te notaba como un suspiro, como un éter luminífero traspasando mis vísceras, como un pinchazo. Me ahogaba tu presencia y las partículas que compartíamos volaban raudas hacia otros estados de entropía. Me perseguía luego tu ausencia a pesar de la tendencia a la estabilidad. ¿Te acuerdas de aquella continua discontinuidad que nos abrasaba? ¿Te acuerdas de las interrupciones, de la falta de límites a pesar de la multitud de funciones?…
Cartas a Meredith (1)
Meredith es una configuración del tiempo.
Es verdad que Meredith es mentira. Porque el tiempo puede que lo sea.
En todo caso todos nos configuramos a través de la mentira del tiempo y de la verdad de Meredith.
Esto es lo primero que quiero que se sepa. Porque después se pueden pensar muchas cosas y no quiero que sea así. Meredith fue una buena persona. Sí, una buena persona.
Intentaré contar lo que pasó. Ella me dijo que era importante. No sé por qué. Total, está muerta. ¿Y qué? Meredith es, fue, una gran persona… Y yo, que lo cuento, lo estropeo todo y no soy nada más que un inútil… Espero saber describir lo que me contó. Y lo que me contó T. No puedo decir quién es T. Sólo que lo envuelven las brumas… O sea nada.
Es horrible porque los chicos que tengo alrededor me miran con cara de… ¿de? Sí, de ¿? Al fin y al cabo…
Yo nunca quise esto, yo nunca quise aquello y sin embargo ahora…
En la escuela nadie quiere saber nada. Todo parece normal. Todo sigue. Las programaciones fluyen y yo me siento una esquirla. Abandonado.
Ayer me llamó el Director.
V, ¿es usted capaz?
Sí.
Sí, ¿qué?
Sí, nada…
Bien, váyase. La secretaria le proporcionará la documentación para el finiquito.
Hace tiempo que T me dijo que estaba escribiendo sus cosas en un blog.
No me gustan los blogs. Los odio. Parece que la escasez del tiempo los vaya sublimando. Vaya desperdicio… Podrían dedicarse los que los que los escriben a… ¿escribir?
Sigo: T me dijo que tras su trabajo acudía a su casa a almorzar y después, sin descanso, dedicaba aproximadamente una hora a escribir en su bitácora (ya he dicho antes lo que me parece esta estúpida forma de expresión). Escribía sin pensar en nada, simplemente por escribir. Puede que fuera una terapia, una forma de darse cuenta de su …
¿De su…?
Este era el problema de T.
Hay que decir que T nunca estuvo bien. T no siguió las mismas pautas que los demás en el colegio. T tuvo muchos problemas…
¿No estábamos hablando de Meredith? Pero bueno…, está muerta y hablar de T, incluso de V, no será malo…