Universidad Laboral de Cheste
Yo
me dejo la piel en las aulas. Repito hasta la saciedad las propiedades, por ejemplo, de las potencias. Yo noto como el sudor, realmente, recorre mi cuerpo y mis vísceras. Y yo sé que no puedo hacer otra cosa que amar lo que hago. Pero mis alumnos, cada año que pasa, no sé por qué, son ¿más infantiles? ¿más inmaduros?
Recuerdo cuando se levantaban aquellos mastodontes ante mis ojos, aquellos bloques de hormigón armado. Al principio sentí incapacidad, luego rabia, luego… Soy lo que soy. Esos muros marcaron mi persona. Voy cambiando, voy…
Entonces yo respetaba enormemente a mi profesora de matemáticas, independientemente de lo que enseñara… Yo sé que nos quería transmitir algo… ¿vida? Hubo profesores infames, hubo lugares donde extirpar la soledad, hubo de todo.
Nosotros somos una generación extraña, somos algo que se escapa a una realidad que ya lo era al principio de los años ochenta.
Nosotros estábamos en otro estado. En otro mundo. En el mundo de la azoteas increíbles, de las almohadas sin pausa, del tiempo retrotraído, de la vida forjándose sin saber cómo… Nosotros somos una generación sin nombre. Somos supervivientes a un estatus que nuestros padres y madres sufrieron. Somos el último ejemplo que este país dio a una forma de entender la educación en una dictadura y que se mantuvo bastantes años después de la transición.
Yo me dejo la piel en las aulas. Yo repito lo que hay que hacer miles de veces. Imito a profesores que tuve en la Universidad Laboral de Cheste (Valencia). Allí, no en la facultad, aprendí prácticamente todo lo que soy.
De Granada hablaré luego, en otro momento…
La luz conquistada
Alguna vez estuvo la razón de mi lado. Fue increíble. A veces creí que nunca me asistía.
Pero la razón mía no es la razón. Me escapé y pensé distinto.
Sé lo que describe la luz sobre los campos. Sé de los caminos que no se acaban. De esas longitudes de tierra. Donde íbamos tú y yo a buscar una raíz. Una raíz viva. Sé que la luz nos daba de frente y descansábamos en las cunetas. Alguna mata se quedó allí, llorosa y tendida, sólo por vernos.
Sé que nos perderemos entre las camadas, sé que estrujaremos nuestros miembros más allá de la noche.
Y sé que gritaremos amor por los cuatro costados. Amor de lunas menguantes, amor antiguo y académico…
Silencio
Y ahora el silencio. O al menos el susurro que lo enmascara en turbias oquedades. O el silencio que gravita puro, sublime atmósfera terapéutica. O el de las neuróticas lágrimas que lo humedecen a gritos. O el silencio aterrador del miedo que paraliza en muecas indescriptibles. O el de los abrazos nocturnos de las parejas que dormitan bajo la arenosa luna estival. O el de los vastos campos cubiertos de nieve. O el silencio de las cumbres alcanzables sólo por espíritus libres. O el silencio alegre y cómplice, simplemente, de una sonrisa. O el del espacio sideral que fluye en su línea del tiempo hacia mundos infinitos e inexplicables. O el de la oración con uno mismo que se habla en las vísceras mediante plegarias y antífonas.
Yo fui innumerables veces tachado de liderar un poder intolerante, irracional e inhumano alrededor del cual se conformaba un silencio cómplice. Yo fui marcado por estigmas producto del pensamiento único e inapelable, de la posesión de la verdad absoluta e irrevocable que algunos, ineludiblemente, parecen tener. Yo fui protagonista de siniestros, perversos e infames artículos, denuncias y comunicados, fruto de una pertinaz manía persecutoria. Yo sentí el odio rezumar pululando por las esquinas. Consternado, decliné y entregué mi trabajo y mi esfuerzo después de vivir con las sombras del martirio, de la soledad y de los muchos silencios en los que me imbuía, producto de esas obstinadas y pesadas mazas que removían mis neuronas.
Y yo salí hacia el silencio de la liberación y de la alegría para ver, paradójicamente, más silencio. El silencio de los pactos y de las mediaciones. De los efugios y subterfugios. El silencio de las evasivas. De los objetivos cumplidos, de los caprichos, de las pueriles revelaciones y de las porfiadas exigencias. El silencio de los ombligos.
Yo, de momento y en silencio, iré otra vez a descubrir el mundo.
Armas
Tengo las armas.
Están en mis manos. ¿Disparo?
La respuesta tiene que ver con el alma.
Hazlo si crees que con ello cambiarás el mundo. Hazlo también si crees que no lo cambiarás. (¿Posiblemente el mundo ya esté totalmente podrido?)
No lo hagas nunca.
Hazlo siempre.
¿Cuáles son tus armas?
Al oyente imaginario (2)
Si supieras que me extiendo sobre una plantación carnívora, sobre instrumentos de cuerdas inexactas; pensarías que este engendro casi desgracia también tiene vísceras, también tiene un órgano vital recogido en un campo de tierras fértiles. Pero es poco pensar: en el fondo creerías que se levanta sobre ti una apisonadora de surcos craneales o un sentido trascendental, poco acorde con el ígneo yo que me acoge.
Soy un cautivo andante sobre mi primario huerto, una fragilidad de miembros desparramados como inútiles sarmientos. Pero, en la soledad de las cumbres, donde solo el vuelo del pensamiento asola el silencio, veo espacios súbitos recorrer prados interminables, una hermosa piel rozar mi abatido muslo. Entonces abro mi mano, pongo sobre ella un clavel incoloro y me levanto y veo las inexpugnables paredes que pueblan el universo. Lloro violentamente, gotas llenas de futuro rebotan en el suelo y, a ciegas, despido durante unos días el argumento de mi existencia.
Me convierto en la sangrienta faz del lobo famélico, nadie me ve. Continúo desgarrando cortinas despiadadamente. Me pregunto por qué existe la dificultad, por qué la libertad. Luego caen cimas de carne antigua sobre mi frente y siento ganas de dormir. Me sumerjo en mundos celestiales, puedo planear a ras de suelo. Todo es más fácil. Logro sobrepasar el ambiente averno del loco para respirar aires más complicados. Veo columnas de mármol entre un continuo suceder de inexpresiones, veo un cielo metálico llover aceros profundos y veo su dulce cabello lacio tornarse en caracoles y laberintos de celulosa amarilla. Y el silencio, ese silencio reparador, aromático, acogedor, cubre mis rodillas. Solo descubro el sonido de su voz descarnizada: ya es suficiente. Puedo caerme en un momento determinado y saborear un polvo cubierto de lápidas inmunes a mis dientes y a mi olfato.
Me ves forzando una sonrisa, despidiendo un gesto, acumulando un nudo de palabras triviales, o inutilizado entre gases y líquidos toscos, turbios y rudos. Soy yo, muriendo, pero yo. A veces río carcajadas brutales (me encuentro en las alcantarillas lúgubres de la noche, olvidando…)
Y las ondas sonoras, procedentes de esos años fantásticos se me agolpan y me entran incansablemente como clavos incrédulos, ingenuos. Sutilmente acabo precintando unas gotas de olvido. Todo parece lejano, hasta este instante; todo es menos visible. Un cúmulo de signos absurdos, de admiraciones, aparecen representando una obra casi eterna. Me pregunto cuándo se va a vaciar esta laguna de miradas, de gestos, de sonrisas cuyo único objetivo es apaciguar el viento.
A veces pienso en todo aquel que quiso sonreír irónicamente uno de mis arrebatos, en el que apoyó su mano en mi hombro y dejó caer dos alientos de vida. Pienso en las personas que piensan en el enigma que supone para ellas mi arduo ser.
Al Oyente Imaginario
Escucha: después de mirarte tras la columna cometí el crimen. Me encarcelaron tras tu pecho. La verdad es que era difícil respirar entre tus arterias, desenvolverse entre tanto hueso, tanto nervio. Deporté lo que me quedaba de ser y empecé a naufragar, siempre con la seguridad de tu latido rondando. Veía una cumbre, un camino; veía un animal prehistórico, un número real, una vela… Pero nunca pude escapar a tus piernas. Hace calor aquí dentro: tanta sangre, tanto alvéolo; sólo puedo pensar en ti. A pesar de todo no te veo. Estás ahí fuera, pisando.
El sol llevó entonces en sus manos un regalo y el día estalló sobre la casa. Un auto esperaba a la puerta. Cuando subiste pensaste si no sería mejor ir a pie. Desperté, era hora de trabajar. Sí, era mejor caminar. Al fondo apareció una curva pletórica de inconsciencia. Me sentí incómodo. Cuando entró el profesor masticando chicle descubrí la ilógica del universo. Apunté mecánicamente sin cesar de maquinar: por un momento me olvidé de mí.
La ciudad reventaba robótica. Alguien dijo “perdone”, mientras alguien miraba por la ventana del comedor. Más tarde vendría la lucha.
Los surcos del atardecer
Te me viniste en lo más hondo. Donde se depuraba el agua a través de sus filtros naturales. En un reciclar de hierbas y de musgo depositaste tus manos. Todo pareció pertenecerme sin apenas sentirlo. El cielo se tumbó ante mi mirada de animal puro. Aquí se olvidaban las palabras y se destapaban los instintos como en el más hostil lugar de la historia.
Todo lo que hasta entonces fluía de mí se tornó en un placentero ahogo de corazón. Algo de indescriptible ansiedad vagaba por mi ser. Empecé a divulgarme como un árbol, sin hablar; observaba las cosas durante largo rato, sobre todo los insectos y las flores y te sentía dentro de mí.
Nada era necesario y sin embargo veía la esencia del universo, sólo porque habías llegado. Podías alejarte, perderte, pero nunca te ibas a apagar.
En este estado permanecí durante semanas, regocijándome de mi solo divagar entre las mayorías. Observándome a veces o paseando por los acordonados surcos del atardecer, sin aspiración. Hasta que en una de mis dispersiones, donde el pueblo era un hálito y solo me rodeaba campo y antigüedad, oí una voz desde una perdida casería. Allí me apresuré como si un poco de mi vida dependiera de ello, magnetizado por ese medio suspiro, no sabía ya si real. Sentía, a medida que me acercaba, una especie de flaqueza, de dolor y a la vez un abismal deseo de traspasar límites y entrar en lo desconocido.
La soledad del lugar me entristeció. Aquellas paredes de piedra, el nogal de carcomido tronco, el chispeante suelo de hojas secas, lograban concentrar mis sentidos. Entré en el interior y me embriagó el olor a polvo y años. Había una mesa, una silla rota y un marco viejo sin retrato alguno. Despacio recorrí las dependencias absorto, atraído por una infantil sensación de aventura. Luego desapareció ese afán y me senté en una butaca que había frente a la chimenea, junto a una cocina de carbón entre palos y aperos de labranza. Permanecí un rato olvidado entre pensamientos difusos, mientras un ardor punzante me engullía el estómago.
Alguien abrió la puerta y entró. No me moví, seguí en mi posición de vivo letargo como si lo que tuviera que suceder no me concerniera en absoluto. Unos brazos de mujer me rodearon el cuello y una melena traspasó mi semblante húmedo. Acarició mi cabeza con sus mejillas y mi pecho con sus manos, lentamente. Luego se volvió y se sentó sobre mis piernas. Pude ver sus ojos oscuros como su pelo, su pequeña nariz persiguiendo su boca, toda su faz entera. Radiaba belleza y hermosura. Me sorprendió en exceso su arrolladora mirada de estrella doliente. Me besó en los labios y llevado por una fuerza inexplicable me adherí fuertemente a ella, traspasado por sus encantos…
Sombras, ¿luz?
Declina la luz. Se reducen las sombras. El cielo ha devuelto al pueblo su antiguo carácter de región cruzada por la infancia. M vuelve del huerto, de la casa encantada. De su antiguo trozo de tierra. Estuvo acompañada de la soledad más grave durante horas. Descalza contempló el suceder de su espacio, inexorablemente ocupado por esos aromas que tantos momentos remotos le habían hecho vivir. Únicamente dos días le separaban de su última estancia en la ciudad de G. Ahora ella intenta recomponer lo poco que queda tras su pecho.
Alegremente comienza a salir de su estado de putrefacción. Poco a poco vuelve a encontrarse a sí misma. Esos últimos días de calor despiadado, de luz blanca, de documentos ensangrentados, todavía martillean en su cabeza. Ha sido difícil y ahora hay materias que pesan como lápidas.
La mirada de su padre va a quedar para siempre. ¿Será piedad, lástima, dolor, fuerza? ¡Ay!, Dios, ¿qué será? Y sin embargo el padre sigue dándole el aliento que necesita. Sin palabras.
A cada paso ella intenta recordar cada una de las escenas. Una representación, un sueño tan dulce como violento han sido estos nueve meses. Y acaba de nacer otra vertiente dentro de su ya lastimado corazón. Nunca hasta ahora había sentido ese amor hacia sí misma.
Ella sigue contemplando el tiempo y en cada imagen aparece él; esa vitalidad, esa simpatía. Su sonrisa. ¿Cómo olvidar sus ojos de mayo nocturno? ¿Cómo desterrar tantos y tantos días? Él está pululando en cada expresión suya. El pasado se vuelve contra ella como un continuo mensajero sin escrúpulos, en un suceder de bocas, de fauces grasientas. Se agolpan a veces todos los momentos rebosando la pantalla más larga…
En su sosiego, ella descubre a duras penas la cortina que tapa sus ojos. Ella observa cómo unos brazos la rodean. Se vuelve y una mirada cruza todo lo que derramó su interior en magníficas corrientes hace ya un par de años. Después de todo es consciente de que no podrá dejarlo nunca.
Nada más débil que la naturaleza humana. Nos aferramos como hiedra a un suspiro sin saber que detrás se cultivaron fértiles campos. Sufrir la más de las veces. Jugar con la realidad hasta vapulearla. Pero no acabes contigo misma. Nunca…