Universidad Laboral de Cheste
Yo
me dejo la piel en las aulas. Repito hasta la saciedad las propiedades, por ejemplo, de las potencias. Yo noto como el sudor, realmente, recorre mi cuerpo y mis vísceras. Y yo sé que no puedo hacer otra cosa que amar lo que hago. Pero mis alumnos, cada año que pasa, no sé por qué, son ¿más infantiles? ¿más inmaduros?
Recuerdo cuando se levantaban aquellos mastodontes ante mis ojos, aquellos bloques de hormigón armado. Al principio sentí incapacidad, luego rabia, luego… Soy lo que soy. Esos muros marcaron mi persona. Voy cambiando, voy…
Entonces yo respetaba enormemente a mi profesora de matemáticas, independientemente de lo que enseñara… Yo sé que nos quería transmitir algo… ¿vida? Hubo profesores infames, hubo lugares donde extirpar la soledad, hubo de todo.
Nosotros somos una generación extraña, somos algo que se escapa a una realidad que ya lo era al principio de los años ochenta.
Nosotros estábamos en otro estado. En otro mundo. En el mundo de la azoteas increíbles, de las almohadas sin pausa, del tiempo retrotraído, de la vida forjándose sin saber cómo… Nosotros somos una generación sin nombre. Somos supervivientes a un estatus que nuestros padres y madres sufrieron. Somos el último ejemplo que este país dio a una forma de entender la educación en una dictadura y que se mantuvo bastantes años después de la transición.
Yo me dejo la piel en las aulas. Yo repito lo que hay que hacer miles de veces. Imito a profesores que tuve en la Universidad Laboral de Cheste (Valencia). Allí, no en la facultad, aprendí prácticamente todo lo que soy.
De Granada hablaré luego, en otro momento…
Cartas a Meredith (6) [o sobre la nueva era del pensamiento]
Hola de nuevo, Meredith.
Me acostumbro a tu ausencia. La verdad es que yo también he puesto de mi parte para forzar, si no el olvido, que sería imposible, sí esta distancia tan real como imaginaria. Es parte de mi terapia. Como también continuar con estas misivas. Y es que sí, no podía escapar, tarde o temprano también me tenía que tocar a mí.
En la bitácora de T sólo se habla últimamente de calificaciones, de notas, de selecciones, de méritos…:
«Yo evalúo, tú no evalúas, él califica, nosotros seleccionamos, vosotros vivís en una sociedad marcada por los méritos contraídos, ellos obtuvieron unas notas nefastas a pesar de todas las facilidades que les dimos. Estas y esos aprendieron bien a pesar de que no hacemos exámenes. Estos y esas se descalabraron en el examen final: no supieron dar el último empujón que la asignatura requería. Aquellos y aquellas tienen muchas garantías de éxito en el bachillerato pues han adquirido satisfactoriamente las competencias básicas de la ESO. Mi metodología excluye los exámenes. Tu metodología es demasiado tradicional. Su metodología encaja perfectamente en el sistema de evaluación.»
Ciertos escalofríos recorren entonces mi espina dorsal y mis omoplatos, mi cabeza se envuelve de negros pensamientos; luego me duele y apago entonces este aparato a veces tan nefando y odioso.
¿Y la Ley qué dice sobre todo esto? ¿Qué dice la Ley Meredith? Recuérdamelo. Tú eras grande con las leyes. Parece que te oigo decir, por ejemplo, “según la orden que regula la evaluación del alumnado, debemos incluir en la programación estrategias, para desarrollarlas en la práctica en el aula, que permitan al alumnado evaluar su propio aprendizaje, así que…” Pero los legisladores siempre están allí arriba en su escalafón teórico. Ni siquiera los conocemos. No sabemos quiénes son. Yo no he visto ejemplo práctico alguno de estrategia que permita al alumnado evaluar su propio aprendizaje, elaborado directamente por los legisladores y distribuido por la administración para arrojar luz sobre el asunto. Puede que los haya, pero yo no los he visto. Será que soy torpe, o que me quedé anclado en el concepto de autoevaluación o examen que se corregían los propios alumnos, como mucho. Sigo de todos modos buceando entre libros, textos y escritos para buscar soluciones, ser más eficaz y hacerme comprender cada día mejor y de manera más agradable. Confío actividades a la Red conforme aprendo técnicas de divulgación a través de Internet. Intento utilizar más medios, más nuevos y más impactantes. Pero agonizo tragado por el tiempo, por esta tremenda finitud.
El otro día, Meredith, mientras explicaba y resolvía detenidamente un problema en la pizarra, me miraban mis alumnos de casi 18 años con asombro y estupefacción, con extrañeza o confusión. Vi muchas y distintas expresiones y miradas. Mis alumnos están a años luz de las matemáticas. Mis alumnos esperan tipologías en las relaciones de problemas, rutinas y procedimientos muy concretos, con escaso margen de maniobra, para llegar a la solución final. Y ya está. No quieren saber nada más. Anumerismo total. Pero saben que es necesario, que hace falta algo más. Yo les repito una y otra vez que es necesario algo más, que la matemática no sólo es cálculo rutinario: tenemos que ser capaces de interpretar adecuadamente enunciados y resultados, modelizar, comparar, demostrar, concluir. Hemos de dudar. Tenemos que suprimir el “yo no sé hacer esto” o el “no entiendo nada”. Mis alumnos de casi 18 años no estudian apenas en sus hogares. Apenas se recluyen a solas para hacerse una pregunta más sobre el trabajo terminado, caso de que lo hagan o finalicen. Mis alumnos no piensan. Por eso las matemáticas les resultan desagradables. Y me di cuenta. En general no pensamos. Nos hemos demorado en viajes por las tecnologías de la información y la comunicación para nuestro deleite y placer. Nos movemos en un mundo de códigos descafeinados, implementados deprisa, sin atender a regla u orden alguno. Miramos el sol, la luna, las estrellas (¿los miramos?) y no sabemos si se mueven ellos o nos movemos nosotros. Hemos caído en el abismo del olvido. Ha comenzado el tercer milenio, una nueva era, la segunda edad media implementada por la comunicación. Y, sin embargo, al parecer, somos razonablemente felices. Porque hemos dejado de pensar.
¿Allí pensáis, Meredith?
Mal de escuela
(…) Las palabras del profesor son solo troncos flotantes a los que el mal alumno se agarra, en un río cuya corriente le arrastra hacia las grandes cataratas. Repite lo que ha dicho el profe. No para que la cosa tenga sentido, no para que la regla se encarne, no; para salir, momentáneamente, del paso, para que «me dejen tranquilo». O me quieran. A toda costa.
Mal de escuela. Daniel Pennac. Editorial Debolsillo (página 19)
Fascismo o perversión
Dicen 4 ó 5 personas de entre las bastantes (muchas) que me conocen que soy un fascista. O, al menos, que lo era. No sé si para ellas ahora lo seguiré siendo (seguramente). Miro por ahí y leo que la base intelectual del fascismo plantea una sumisión de la razón a la voluntad y la acción, que se identifica fuertemente con componentes victimistas, que tiene un componente social interclasista y una negación a ubicarse en el espectro político (izquierdas o derechas). Pero no creo que sea por esto por lo que estas 4 ó 5 personas me llaman (o llamaban) fascista (yo creo que, paradójicamente, esta definición se acopla bastante bien a estas 4 ó 5 personas). O puede que sí, quién sabe.
Pero también leo que el fascismo es una ideología política fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo (por ello se exalta la idea de nación frente a la de individuo o clase), que suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único, que propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta en la que sus representantes están unificados por el gobierno central, y que este designaba para representar a la sociedad. Además, y sigo leyendo, el fascismo se caracteriza por su método de análisis o estrategia de difusión de juzgar sistemáticamente a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. Aprovecha demagógicamente los sentimientos de miedo y frustración colectiva para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda, y los desplaza contra un enemigo común (real o imaginario, interior o exterior), que actúa de chivo expiatorio frente al que volcar toda la agresividad de manera irreflexiva, logrando la unidad y adhesión (voluntaria o por la fuerza) de la población. La desinformación, la manipulación del sistema educativo y un gran número de mecanismos de encuadramiento social, vician y desvirtúan la voluntad general hasta desarrollar materialmente una oclocracia que se constituye en una fuente esencial del carisma de liderazgo y en consecuencia, en una fuente principal de la legitimidad del caudillo. ¡Ufff! Espero que no sea por esto último por lo que digan aquellas 4 ó 5 personas que soy un fascista. Aunque a lo mejor es posible que sí, que realmente me vean como algo así.

Sin embargo, lo que de verdad creo es que las mencionadas 4 ó 5 personas simplemente me llaman (o llamaban) fascista porque están (o estaban) convencidas de que soy (o era) excesivamente autoritario, que tiendo (o tendía) a actuar con autoritarismo. ¡Vaya por Dios! Y yo que pienso y siento exactamente lo contrario, que a veces he dialogado demasiado y no he llevado a la práctica la cuota de poder que mi cargo también me exigía. No sé, pero todo esto me ofuscaba en su momento. De hecho, me sigue ofuscando.
No me importan absolutamente nada los calificativos que ciertas personas utilicen para definirme. La vida a veces nos depara situaciones difíciles y comprometidas. Ni que decir tiene que nada más lejos de mi persona y de mi forma de ser que compararme con todo lo expresado en los párrafos anteriores. Pero quiero desde aquí hacer saber a todas las personas que me conocen que vivir durante un largo período de mi vida con esta carga que contra mí se sucedió de manera pertinaz y obstinada no fue fácil. Y no, no es victimismo. Yo me he decidido, siempre que pueda y así lo espero, por el silencio. Gracias a Dios mi retirada ha servido para aliviarme de este peso que tanto mal me ha hecho. Pero a veces me siento triste, siento verdadera pena al pensar que sola y precisamante el silencio, el olvido, la lejanía de las trincheras, las retiradas y por qué no, la derrota, son la única salida saludable y vital.
Sin embargo soy optimista y seguiré trabajando (olvidémonos de este curso y también de los 2 ó 3 anteriores a este) con ilusión y optimismo, pensando en mejorar y ayudar a los que me rodean. Sobre todo a mis alumnos y alumnas que tanto echo de menos después de esta larga baja médica. Espero que pronto llegue septiembre.
- La imagen se tomó prestada de ELPAÍS.COM -
La luz conquistada
Alguna vez estuvo la razón de mi lado. Fue increíble. A veces creí que nunca me asistía.
Pero la razón mía no es la razón. Me escapé y pensé distinto.
Sé lo que describe la luz sobre los campos. Sé de los caminos que no se acaban. De esas longitudes de tierra. Donde íbamos tú y yo a buscar una raíz. Una raíz viva. Sé que la luz nos daba de frente y descansábamos en las cunetas. Alguna mata se quedó allí, llorosa y tendida, sólo por vernos.
Sé que nos perderemos entre las camadas, sé que estrujaremos nuestros miembros más allá de la noche.
Y sé que gritaremos amor por los cuatro costados. Amor de lunas menguantes, amor antiguo y académico…
Silencio
Y ahora el silencio. O al menos el susurro que lo enmascara en turbias oquedades. O el silencio que gravita puro, sublime atmósfera terapéutica. O el de las neuróticas lágrimas que lo humedecen a gritos. O el silencio aterrador del miedo que paraliza en muecas indescriptibles. O el de los abrazos nocturnos de las parejas que dormitan bajo la arenosa luna estival. O el de los vastos campos cubiertos de nieve. O el silencio de las cumbres alcanzables sólo por espíritus libres. O el silencio alegre y cómplice, simplemente, de una sonrisa. O el del espacio sideral que fluye en su línea del tiempo hacia mundos infinitos e inexplicables. O el de la oración con uno mismo que se habla en las vísceras mediante plegarias y antífonas.
Yo fui innumerables veces tachado de liderar un poder intolerante, irracional e inhumano alrededor del cual se conformaba un silencio cómplice. Yo fui marcado por estigmas producto del pensamiento único e inapelable, de la posesión de la verdad absoluta e irrevocable que algunos, ineludiblemente, parecen tener. Yo fui protagonista de siniestros, perversos e infames artículos, denuncias y comunicados, fruto de una pertinaz manía persecutoria. Yo sentí el odio rezumar pululando por las esquinas. Consternado, decliné y entregué mi trabajo y mi esfuerzo después de vivir con las sombras del martirio, de la soledad y de los muchos silencios en los que me imbuía, producto de esas obstinadas y pesadas mazas que removían mis neuronas.
Y yo salí hacia el silencio de la liberación y de la alegría para ver, paradójicamente, más silencio. El silencio de los pactos y de las mediaciones. De los efugios y subterfugios. El silencio de las evasivas. De los objetivos cumplidos, de los caprichos, de las pueriles revelaciones y de las porfiadas exigencias. El silencio de los ombligos.
Yo, de momento y en silencio, iré otra vez a descubrir el mundo.
Armas
Tengo las armas.
Están en mis manos. ¿Disparo?
La respuesta tiene que ver con el alma.
Hazlo si crees que con ello cambiarás el mundo. Hazlo también si crees que no lo cambiarás. (¿Posiblemente el mundo ya esté totalmente podrido?)
No lo hagas nunca.
Hazlo siempre.
¿Cuáles son tus armas?
Creo en Cristo
Estos dos últimos días han sido de reflexión intensa. De repaso de este año. Mejor dicho: de la última mitad de mi vida. En estas señaladas fechas caes en la cuenta de que lo único que nos rodea es prisa, desenfreno y abusos de todo tipo. No dejamos tiempo, siquiera un cuarto de hora, para el silencio y la reflexión
personal. Para respirar un poco más pausadamente y volver la mirada hacia nuestro interior.
Hoy quiero decir que creo en Cristo. Y que esta creencia, esta fe, es un camino difícil. No es nada fácil vivir en la fe de Cristo. Normalmente nos equivocamos, pecamos de materialismo, de consumismo excesivo, de mirar hacia otro lado en vez de ayudar, elegimos la comodidad personal antes que la implicación por y para los otros. Yo el primero, yo he olvidado el camino y he elegido lo cómodo: pasar de todo y darme por agnóstico. Elegimos dejar a Dios de lado y así todo se nos deforma. Esta elección vital es una mentira. A mí me lo dice el corazón, porque he vivido en ella. Porque me he olvidado de Él y sólo he visto oscuridad. Yo soy el primero que me equivoco, cometo mil errores, pero hoy, precisamente hoy me doy cuenta, caigo en la cuenta de la verdad: no hay que tener miedo a Cristo. Mucho tiempo ya de indolencia, de indiferencia, de abulia, de arrogarme la vida para mí creyéndome que así iba a encontrar vida. No: hay que empezar a cambiar, hay que dar vida. Durante mucho tiempo di todo lo que pude para los demás en la medida en que podía desde mi situación personal y mi posición profesional. Sabía que no era nada fácil dar y que siempre se podía dar más o hacerlo mejor. Tropezaba mucho pero lo intentaba. Tuve momentos de verdadera satisfacción solamente por el hecho de que al desprenderme de un poquito de mí daba verdadera ayuda a la persona que tenía enfrente y que manifestaba sus preocupaciones y sus problemas. Aquel tiempo terminó y caí en una etapa de oscuridad total. De introspección y de olvido. Aun hoy no he salido de las tinieblas. Me cuesta mucho. Decidir olvidar a Cristo no ha sido lo mejor. Y para empezar no está mal decirlo así, bien claro: quiero decir que creo en Cristo.
No será fácil volver a reencontrarme, volver a abrirme, volver a ser más relación. Es posible que las personas que me conocen tengan una percepción distinta, pero el único que sabe cómo se siente mi alma soy yo. Y mi alma se apartó de Dios y solo ha encontrado dolor y arrepentimiento. No será un camino fácil, pero en algún momento había que decirlo y empezar, de nuevo, a caminar.
Dice Joseph Ratzinger en su libro Mirar a Cristo:
«Ningún hombre puede habitar en la tristeza. Pero si el fondo del alma es la tristeza, se llega necesariamente a una continua huida del alma de sí misma, a una profunda inquietud. El hombre tiene miedo de estar solo consigo mismo, pierde su centro, se convierte en un vagabundo intelectual, que siempre se está alejando de sí mismo. Síntomas de esta inquietud vagabunda del espíritu son la verbosidad y la curiosidad. El hombre al hablar huye del pensamiento. Y puesto que se le ha quitado la visión hacia lo Infinito, busca insaciablemente sustitutos.»
…
amor, la muerte
muerte, la vida
vida, tenerte
amor sin vida
tenerte vida
como la muerte,
inerte vida
amor tenerte
¡Esto es un prosario!:
Amor: la muerte, muerte. La vida, vida. Tenerte, amor, sin vida, es tenerte, vida, como la muerte: inerte vida, amor, tenerte.
Lo que trajo el viento tú te lo llevaste en un instante. Y solo quedó el camino. Lo que trajo la tempestad tú lo comprimiste ocupando el mínimo espacio. Y sólo quedó el cauce. Lo que desviaron tus ojos entró en el campo de los sueños y escapó a esta olvidada realidad. Ahora ya únicamente existes en ese terreno gaseoso y soluble de imágenes etéreas, oníricas. Montado en la línea del tiempo espero la hora para acometer la carrera que me llevará a tu finca de algodón y confundirme con tus costillas. Hasta entonces surcaré como siempre los atardeceres en busca de esa oblicua nada que me espera constantemente allá, en el horizonte. Hasta entonces, y no sin coraje, me iré desprendiendo de esta insoportable gravedad que me atenaza para continua, aunque apenas imperceptiblemente, llegar a ti sin llegar nunca. Mi destino, mi límite, mi meta inalcanzable. Allí aspiro a succionar, a robarte, en los alrededores de tu frontera, acumulándome, alguna rebelde partícula escapada de tus cercanías. Suspiro únicamente por una aproximación tuya.