Del verso al párrafo
Estoy cansado de lanzar probabilidades al viento. De vivir concretando pasados seguramente improbables, porque ni siquiera yo los recuerdo. Estoy cansado de revolver entre aquello que franqueé para precisamente revolverme por ámbitos inescrutables. Voy de aquí para allá pensando en las vidas que nos envuelven y no encuentro solución para nada, salvo para aliviar mi maldita sed… Sed de humanos incansables, de lunas descubiertas, de ecuaciones desesperadas. Fraguando estos agrupamientos voy decayendo inexorablemente hacia figuras posiblemente oníricas. Más lejos veo canales donde se vuelcan ciertos límites, inesperados; más cerca espero encontrar aquello que debe estar prácticamente congelado. Digamos que veo mi finitud y no la quiero, pensemos que vamos más allá de lo que podemos soportar… Planteemos sinceramente que la muerte viene hacia aquí sin ningún pudor. Queda la esperanza que da la sensación de continuidad, el enlazamiento para intentar superar esta maldita inquietud… Sabemos que inevitablemente moriremos para que caigan lágrimas. Es mentira. Moriremos para desatar alegría.
Empecemos de nuevo:
Encuentro razones lo suficientemente importantes para creer que estoy vivo; y quiero resaltar la forma en que conjugo el verbo vivir. Entre otras cosas porque es un componente imprescindible de la muerte. Siento realmente tedio por esta situación que me espanta: rubrico certificados donde se dice que se posee… ¿qué sé yo?, voy y miro tras de mí y veo que ha desaparecido el tiempo… Hacia las nubes grises vuelan los futuros intentando completar aquellos prados interminables, aquellas oquedades… Precisamente en el futuro están escritas algunas de esas instantáneas, líneas digitales de una fragua enorme, que nos harán probablemente invulnerables.
Cartas a Meredith (4)

Mi descuidada Meredith:
Ayer creí adivinar rumores entre voces dispersas. No sé lo que es escuchar a hurtadillas, y confieso mi torperza cuando he de intervenir en las conversaciones de los demás. Pero fue tan inevitable que caí en la trampa. Y escuché palabras que, de verdad, comenzaron a perturbarme. No soy yo de los que buceen en los murmullos, pero se me aceleró el pulso.
Y decidí marcharme a casa y decírtelo.
Han puesto una flor marchita, como de jaspe, dentro de tu taquilla. Le han pegado un papel muy bonito en la puerta con una leyenda que dice:
«Aquí hacía Meredith su trabajo. Te queremos y, sobre todo, te respetamos. Tus compañeros.»
Y a la cerradura le han puesto un candado plateado y muy apropiado también.
Tú y yo sabemos, Meredith, estés donde estés, que el desasosiego nos corrompe. Por eso, en parte, te fuiste. Por eso ahora, descuidadamente y sin nada que perder, tus compañeros se aprietan la corbata y se estiran la falda delante de tu inesperado altar. Cual peana de esas que tú misma vilipendiabas. El destino es…
¿Qué es el destino, Meredith?
Tu, ahora, seguro que lo sabes. Ahora sabes incluso aquello que siempre supiste y sabes con toda certeza la verdad que te atravesó sin pudor alguno mientras viviste aquí. Ahora, allá, la verdad no es absoluta. Ni tuya. Ni mía. Ni de nadie. Simplemente es. Aunque sea mentira. ¿Es aburrida la eternidad Meredith?
Aquí espero, a veces entre lágrimas, una inesperada sonrisa tuya.
T y V se han hecho muy amigos, amigos de verdad. Uno y otro parecen haber escapado a esa maldita reclusión a que estaban sometidos. Ahora se ven de vez en cuando y, desde la última vez que acabaron, ya de madrugada, han hecho muy buenas migas.
V ha consolidado su complemento, T ayuda en el laboratorio, se recupera y, según me atrevo a creer, se atisba una salida a su aislamiento. Ya sabes lo unido que estaba a ti. Y yo, yo me conformo con que de vez en cuando cuenten conmigo para alzar nuestras copas acariciando la aurora.
La luz conquistada
Alguna vez estuvo la razón de mi lado. Fue increíble. A veces creí que nunca me asistía.
Pero la razón mía no es la razón. Me escapé y pensé distinto.
Sé lo que describe la luz sobre los campos. Sé de los caminos que no se acaban. De esas longitudes de tierra. Donde íbamos tú y yo a buscar una raíz. Una raíz viva. Sé que la luz nos daba de frente y descansábamos en las cunetas. Alguna mata se quedó allí, llorosa y tendida, sólo por vernos.
Sé que nos perderemos entre las camadas, sé que estrujaremos nuestros miembros más allá de la noche.
Y sé que gritaremos amor por los cuatro costados. Amor de lunas menguantes, amor antiguo y académico…
Silencio
Y ahora el silencio. O al menos el susurro que lo enmascara en turbias oquedades. O el silencio que gravita puro, sublime atmósfera terapéutica. O el de las neuróticas lágrimas que lo humedecen a gritos. O el silencio aterrador del miedo que paraliza en muecas indescriptibles. O el de los abrazos nocturnos de las parejas que dormitan bajo la arenosa luna estival. O el de los vastos campos cubiertos de nieve. O el silencio de las cumbres alcanzables sólo por espíritus libres. O el silencio alegre y cómplice, simplemente, de una sonrisa. O el del espacio sideral que fluye en su línea del tiempo hacia mundos infinitos e inexplicables. O el de la oración con uno mismo que se habla en las vísceras mediante plegarias y antífonas.
Yo fui innumerables veces tachado de liderar un poder intolerante, irracional e inhumano alrededor del cual se conformaba un silencio cómplice. Yo fui marcado por estigmas producto del pensamiento único e inapelable, de la posesión de la verdad absoluta e irrevocable que algunos, ineludiblemente, parecen tener. Yo fui protagonista de siniestros, perversos e infames artículos, denuncias y comunicados, fruto de una pertinaz manía persecutoria. Yo sentí el odio rezumar pululando por las esquinas. Consternado, decliné y entregué mi trabajo y mi esfuerzo después de vivir con las sombras del martirio, de la soledad y de los muchos silencios en los que me imbuía, producto de esas obstinadas y pesadas mazas que removían mis neuronas.
Y yo salí hacia el silencio de la liberación y de la alegría para ver, paradójicamente, más silencio. El silencio de los pactos y de las mediaciones. De los efugios y subterfugios. El silencio de las evasivas. De los objetivos cumplidos, de los caprichos, de las pueriles revelaciones y de las porfiadas exigencias. El silencio de los ombligos.
Yo, de momento y en silencio, iré otra vez a descubrir el mundo.
Armas
Tengo las armas.
Están en mis manos. ¿Disparo?
La respuesta tiene que ver con el alma.
Hazlo si crees que con ello cambiarás el mundo. Hazlo también si crees que no lo cambiarás. (¿Posiblemente el mundo ya esté totalmente podrido?)
No lo hagas nunca.
Hazlo siempre.
¿Cuáles son tus armas?
Cartas a Meredith (3)
Mi olvidada Meredith:
Ayer me acordé súbitamente de ti. De todo lo que habíamos pasado juntos. Aun tu recuerdo y tu figura traspasa mi pecho en punzadas no sé si de gozo o de dolor.
Siempre pensé que tu narcisismo te llevaría a la destrucción, como así fue. Había un exceso de autoestima, te sobraba tanta que no sabías dónde echarla. Bueno, en realidad sí que lo sé: en alimentar el sentimiento de superioridad sobre los demás y el placer que consecuentemente ello te causaba.
Luego te sumías, ora en períodos de profunda tristeza, ora en momentos de rotunda ira; y me llamabas, me exigías como confesor o como blanco de tus arrebatos, donde lanzar tus dardos llenos de odio y de incomprensión. Paradójicamente me convertía en el responsable de tus males, en el garante de tus desgracias que, además, había planificado estudiadamente.
Finalmente yo ya no sabía qué hacer y contrito desaparecía con la nueva carga que suponía la información que habías vertido sobre mí. Y así de cuando en cuando. Últimamente, antes de irte, cada vez con más frecuencia.
Ahora sé que, estés donde estés, habrás negociado algún acuerdo para sentirte segura. Estoy convencido de que todavía, de alguna manera, mueves invisible los hilos de los que aquí nos encontramos.
Por cierto, T parece salir de su reclusión y paseamos juntos una vez a la semana. Sirve de terapia para su retraimiento y nuestra neurosis.
El otro día nos encontramos con V y los tres juntos despedíamos la noche cuales crápulas en la frontera de la madrugada.
Creo en Cristo
Estos dos últimos días han sido de reflexión intensa. De repaso de este año. Mejor dicho: de la última mitad de mi vida. En estas señaladas fechas caes en la cuenta de que lo único que nos rodea es prisa, desenfreno y abusos de todo tipo. No dejamos tiempo, siquiera un cuarto de hora, para el silencio y la reflexión
personal. Para respirar un poco más pausadamente y volver la mirada hacia nuestro interior.
Hoy quiero decir que creo en Cristo. Y que esta creencia, esta fe, es un camino difícil. No es nada fácil vivir en la fe de Cristo. Normalmente nos equivocamos, pecamos de materialismo, de consumismo excesivo, de mirar hacia otro lado en vez de ayudar, elegimos la comodidad personal antes que la implicación por y para los otros. Yo el primero, yo he olvidado el camino y he elegido lo cómodo: pasar de todo y darme por agnóstico. Elegimos dejar a Dios de lado y así todo se nos deforma. Esta elección vital es una mentira. A mí me lo dice el corazón, porque he vivido en ella. Porque me he olvidado de Él y sólo he visto oscuridad. Yo soy el primero que me equivoco, cometo mil errores, pero hoy, precisamente hoy me doy cuenta, caigo en la cuenta de la verdad: no hay que tener miedo a Cristo. Mucho tiempo ya de indolencia, de indiferencia, de abulia, de arrogarme la vida para mí creyéndome que así iba a encontrar vida. No: hay que empezar a cambiar, hay que dar vida. Durante mucho tiempo di todo lo que pude para los demás en la medida en que podía desde mi situación personal y mi posición profesional. Sabía que no era nada fácil dar y que siempre se podía dar más o hacerlo mejor. Tropezaba mucho pero lo intentaba. Tuve momentos de verdadera satisfacción solamente por el hecho de que al desprenderme de un poquito de mí daba verdadera ayuda a la persona que tenía enfrente y que manifestaba sus preocupaciones y sus problemas. Aquel tiempo terminó y caí en una etapa de oscuridad total. De introspección y de olvido. Aun hoy no he salido de las tinieblas. Me cuesta mucho. Decidir olvidar a Cristo no ha sido lo mejor. Y para empezar no está mal decirlo así, bien claro: quiero decir que creo en Cristo.
No será fácil volver a reencontrarme, volver a abrirme, volver a ser más relación. Es posible que las personas que me conocen tengan una percepción distinta, pero el único que sabe cómo se siente mi alma soy yo. Y mi alma se apartó de Dios y solo ha encontrado dolor y arrepentimiento. No será un camino fácil, pero en algún momento había que decirlo y empezar, de nuevo, a caminar.
Dice Joseph Ratzinger en su libro Mirar a Cristo:
«Ningún hombre puede habitar en la tristeza. Pero si el fondo del alma es la tristeza, se llega necesariamente a una continua huida del alma de sí misma, a una profunda inquietud. El hombre tiene miedo de estar solo consigo mismo, pierde su centro, se convierte en un vagabundo intelectual, que siempre se está alejando de sí mismo. Síntomas de esta inquietud vagabunda del espíritu son la verbosidad y la curiosidad. El hombre al hablar huye del pensamiento. Y puesto que se le ha quitado la visión hacia lo Infinito, busca insaciablemente sustitutos.»
Al oyente imaginario (2)
Si supieras que me extiendo sobre una plantación carnívora, sobre instrumentos de cuerdas inexactas; pensarías que este engendro casi desgracia también tiene vísceras, también tiene un órgano vital recogido en un campo de tierras fértiles. Pero es poco pensar: en el fondo creerías que se levanta sobre ti una apisonadora de surcos craneales o un sentido trascendental, poco acorde con el ígneo yo que me acoge.
Soy un cautivo andante sobre mi primario huerto, una fragilidad de miembros desparramados como inútiles sarmientos. Pero, en la soledad de las cumbres, donde solo el vuelo del pensamiento asola el silencio, veo espacios súbitos recorrer prados interminables, una hermosa piel rozar mi abatido muslo. Entonces abro mi mano, pongo sobre ella un clavel incoloro y me levanto y veo las inexpugnables paredes que pueblan el universo. Lloro violentamente, gotas llenas de futuro rebotan en el suelo y, a ciegas, despido durante unos días el argumento de mi existencia.
Me convierto en la sangrienta faz del lobo famélico, nadie me ve. Continúo desgarrando cortinas despiadadamente. Me pregunto por qué existe la dificultad, por qué la libertad. Luego caen cimas de carne antigua sobre mi frente y siento ganas de dormir. Me sumerjo en mundos celestiales, puedo planear a ras de suelo. Todo es más fácil. Logro sobrepasar el ambiente averno del loco para respirar aires más complicados. Veo columnas de mármol entre un continuo suceder de inexpresiones, veo un cielo metálico llover aceros profundos y veo su dulce cabello lacio tornarse en caracoles y laberintos de celulosa amarilla. Y el silencio, ese silencio reparador, aromático, acogedor, cubre mis rodillas. Solo descubro el sonido de su voz descarnizada: ya es suficiente. Puedo caerme en un momento determinado y saborear un polvo cubierto de lápidas inmunes a mis dientes y a mi olfato.
Me ves forzando una sonrisa, despidiendo un gesto, acumulando un nudo de palabras triviales, o inutilizado entre gases y líquidos toscos, turbios y rudos. Soy yo, muriendo, pero yo. A veces río carcajadas brutales (me encuentro en las alcantarillas lúgubres de la noche, olvidando…)
Y las ondas sonoras, procedentes de esos años fantásticos se me agolpan y me entran incansablemente como clavos incrédulos, ingenuos. Sutilmente acabo precintando unas gotas de olvido. Todo parece lejano, hasta este instante; todo es menos visible. Un cúmulo de signos absurdos, de admiraciones, aparecen representando una obra casi eterna. Me pregunto cuándo se va a vaciar esta laguna de miradas, de gestos, de sonrisas cuyo único objetivo es apaciguar el viento.
A veces pienso en todo aquel que quiso sonreír irónicamente uno de mis arrebatos, en el que apoyó su mano en mi hombro y dejó caer dos alientos de vida. Pienso en las personas que piensan en el enigma que supone para ellas mi arduo ser.
Cartas a Meredith (2)
Meredith es una filtración en el espacio. Es su propio reflejo. Insisto: Meredith es mentira. Porque todavía no hay una definición exacta del tiempo. Pero qué más da todo, en definitiva, si está muerta. Todavía ando buscando el significado de lo último que me dijo. Y me da miedo expresarlo porque Meredith es grande y mi intromisión en vez de arrojar luz puede hacer que todo sea aun más oscuro.
Sin embargo T sigue escribiendo en su bitácora. Pin, pan, pin, pan sin parar. Y la gente comenta sus artículos pin, pan, pin, pan sin parar. Y los comentarios se refomentan, refluyen y se refocilan pin, pan, pin, pan sin parar.
Le dije a T que podíamos sacar la mente a pasear y hablar. Y le recordé a mi querido T que a veces nos hacemos daño sin querer. No quiero que T sea más neurótico que yo. Ya sé que poco puedo decir de T pues está envuelto entre brumas, pero todo lo que pasó con Meredith ha influido mucho en T. Y en mí.
Por fin le dieron el finiquito a V. La secretaria me deseó suerte.
Y aquí estoy, acordándome de Meredith y respirando aliviado. Releo ahora la primera carta que escribí tras nuestra desaparición, no hace mucho tiempo de ello:
Meredith:
¿Recuerdas cuando compartíamos el oxígeno del mismo recinto? Me decías: «no, así no, así sí», «ahora, ahora vamos por el buen camino». Y a veces: «¡te has salido!, ¡vuelve, vuelve!», «¿dónde estás?, ¿siempre con dobleces, apareciendo y desapareciendo?». Te notaba como un suspiro, como un éter luminífero traspasando mis vísceras, como un pinchazo. Me ahogaba tu presencia y las partículas que compartíamos volaban raudas hacia otros estados de entropía. Me perseguía luego tu ausencia a pesar de la tendencia a la estabilidad. ¿Te acuerdas de aquella continua discontinuidad que nos abrasaba? ¿Te acuerdas de las interrupciones, de la falta de límites a pesar de la multitud de funciones?…
Lo que trajo el viento tú te lo llevaste en un instante. Y solo quedó el camino. Lo que trajo la tempestad tú lo comprimiste ocupando el mínimo espacio. Y sólo quedó el cauce. Lo que desviaron tus ojos entró en el campo de los sueños y escapó a esta olvidada realidad. Ahora ya únicamente existes en ese terreno gaseoso y soluble de imágenes etéreas, oníricas. Montado en la línea del tiempo espero la hora para acometer la carrera que me llevará a tu finca de algodón y confundirme con tus costillas. Hasta entonces surcaré como siempre los atardeceres en busca de esa oblicua nada que me espera constantemente allá, en el horizonte. Hasta entonces, y no sin coraje, me iré desprendiendo de esta insoportable gravedad que me atenaza para continua, aunque apenas imperceptiblemente, llegar a ti sin llegar nunca. Mi destino, mi límite, mi meta inalcanzable. Allí aspiro a succionar, a robarte, en los alrededores de tu frontera, acumulándome, alguna rebelde partícula escapada de tus cercanías. Suspiro únicamente por una aproximación tuya.
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